A Garfield lo encontraron muerto en el fondo del patio de la casa vecina a la suya. Mi hija Antonia lo había visto por última vez cuatro días antes. Nada de qué preocuparse en ese momento: Garfield lucía sano, cariñoso, apacible, como acostumbraba este gato amarillo y blanco de apenas tres años, cuya madre es entera gris. Antonia lo vio nacer y desde el comienzo cultivó una manera especial de comunicarse con él: le rascaba la panza, le sacaba las hojas del pelo, le conversaba de literatura. Cuando Antonia requería su presencia, emitía un extraño sonido que hacía que Garfield se reportara inmediatamente. Garfield era un gato vividor pero tranquilo. Le gustaba salir a pasear por el vecindario, como buen macho, pero no era un gato peleador. Rehuía los combates, y siempre regresaba a casa a comer a alguna hora, para luego perderse en ese mundo privado e indescifrable que saben construir los gatos que no viven encerrados en un departamento.
El día en que Garfield no volvió a casa, Antonia se inquietó. Lo llamó insistentemente con ese sonido extraño que sólo ella puede emitir, y no pasó nada. Antonia recorrió al día siguiente el vecindario preguntando en casas y condominios, asustada, temerosa de que a su gato amarillo le hubiera ocurrido algo malo, pero de Garfield no había noticias.
La señora de la casa del lado no respondió al timbre ni el primer día ni el segundo día de desaparición de Garfield.
La señora vive sola, es viuda, apenas puede moverse.
La mañana en que Garfield fue descubierto al fondo del patio de la casa vecina, Antonia había impreso quince carteles con una foto suya y la leyenda Se busca para repartir en el barrio. Tenía los afiches impresos cuando fueron a avisarle que a su gato amarillo lo habían encontrado acurrucado junto a unas plantas, muerto probablemente hacía varios días, visitado por hormigas y muy encogido. Sin heridas visibles, aunque Antonia cree que tal vez lucía una herida muy pequeña en la zona de la cabeza, sólo eso, ni un rastro de sangre.
Enterada de la muerte de Garfield, la propietaria de la casa vecina le confidenció con tristeza a mi hija que ella quería muchísimo a ese gato amarillo, que no sabía cómo se llamaba, pero que ese gato amarillo iba prácticamente todos los días a su casa a hacerle compañía, a dormir la siesta a sus pies o en sillones, y que ella lo dejaba entrar y hacer porque era manso, querendón y muy atento.
A Garfield lo enterró mi hija en el patio, en una ceremonia triste y silenciosa, y en ese lugar donde descansan sus restos se hizo un jardín con crisantemos protegido por un pequeño cerco de madera que Antonia adornó con patas de gato pintadas por ella misma.
No es el primer gato que Antonia debe enterrar en el patio de su casa. En el mismo camposanto fue sepultada poco más de dos años atrás la vieja y querida Carolina, otro gato feliz, bien alimentado y cuidado, que no padeció grandes crisis y se libró del maltrato frecuente con que muchos ciudadanos se vinculan con estos animales.
Yo también tengo un gato en casa, un gato negro y mestizo, insustituible, veterano de guerra, el mejor gato del mundo, el más bello, el más gordo, el más simpático, el más inteligente, el más regalón, el más inútil. Mi gato, igual como Garfield en la vida de Antonia, merece toda nuestra atención y cuidado, aunque les pese a los que no entienden que sus vidas nos importan demasiado. Tratar bien a un animal es señal de humanidad, supongo que sí. Fue lo primero que quise decirle a mi hija cuando me llamó para contar la muerte de Garfield: lo cuidaste, lo ayudaste a tener una vida magnífica para lo que suele ser la vida de los gatos en este mundo. Eso debe ayudarte a sobrellevar el duelo, la pena de su muerte, su desaparición física. No sabemos cómo murió Garfield, si alcanzó a sufrir o no. Pero sí sabemos –y nos encanta decirlo– que tuvo la feliz ocurrencia de ir a hacerle compañía cada día a una mujer sola que aprendió a quererlo, y que ahora también lo llora.
Autor: Francisco Mouat
Fuente: El Mercurio, Sábado 26 de Marzo de 2011




